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Fer Pérez y Jorge A. Lara estrenan 'Los Justos', su ópera prima: “Todos tenemos una razón para coger el dinero, pero también para no hacerlo”

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Los justos marca el salto a la dirección de Jorge A. Lara y Fer Pérez, dos nombres con una sólida trayectoria en el guion que ahora se colocan detrás de la cámara para firmar una ópera prima que combina comedia y mirada social. Con una carrera vinculada a títulos populares de la televisión y el cine español, ambos abordan aquí un tema tan universal como incómodo: la corrupción cotidiana y los dilemas morales que atraviesan a cualquier ciudadano.

Lara, con experiencia en series como Los hombres de Paco y Aída, y nominado al Goya por Zipi y Zape y el Club de la Canica, y Pérez, guionista en ficciones como Aída u Olmos y Robles, además de responsable de títulos como Kiki, el amor se hace o Arde Madrid, ambas dirigidas por Paco León, dan un paso natural en su carrera tras años implicados en todas las fases del proceso creativo. Pérez, además, ha ejercido como guionista y director adjunto en Aída y vuelta, lo que refuerza una evolución que desemboca ahora en este debut conjunto.

Con Los justos, los directores no solo plantean un retrato de la corrupción alejado de los grandes focos del poder, sino que ponen el acento en esas pequeñas contradicciones diarias que afectan a la sociedad en su conjunto, apostando por una mezcla de géneros y un tono que bebe de la tradición de la comedia española, pero con una sensibilidad contemporánea.

P. Nerviosos ante el estreno de vuestra primera película como directores.

Jorge A. Lara. Es la primera, sí, pero yo estoy casi más contento que nervioso. Es emoción, ilusión. Los nervios los dejas en el proceso: rodaje, montaje, producción… En todos esos momentos los vas pasando y cuando llegas aquí lo que queda es satisfacción.

P. ¿Qué os animó a levantar este proyecto? Escribís una historia muy sólida, pero levantar una película así entiendo que habrá sido un camino largo.

Jorge A. Lara. Sí, ha sido largo. Todo nace en 2018, cuando buscábamos una historia que pudiéramos dirigir. Coincidió con un caso de corrupción muy sonado y vimos que había mucha indignación en la calle. Empezamos a pensar que la corrupción era un tema interesante, pero no tanto desde los poderosos, sino desde algo más cercano.

Nos interesaba esa contradicción: estar muy indignado, pero luego tener también pequeñas formas de microcorrupción. A los dos nos atrajo mucho esa idea porque nos permitía hacer una radiografía social del país a través de la comedia, que es nuestro lenguaje natural.

Venimos de ahí, nos conocimos haciendo comedia, y creíamos que se podía volver a ese tipo de comedia —desde el máximo respeto a Berlanga y Azcona—, pero con otro ritmo, mezclando géneros, sin encasillarnos. Esa mezcla nos interesa mucho y fue el punto de partida.

P. La película plantea un dilema moral potente: qué haríamos cualquiera de nosotros ante una situación así. ¿Qué debate os ha generado a vosotros a nivel personal?

Fer Pérez. Curiosamente es una pregunta que evitamos durante el rodaje. Estábamos tan centrados en sacar la película adelante que no la abordamos de forma directa. Ha sido después, ya con la película terminada, cuando ha aparecido ese debate.

Pero la película no es solo sobre la corrupción o el dilema moral. Habla también de una mirada humanista: de las circunstancias de las personas y de cómo esas circunstancias te llevan a tomar decisiones equivocadas. O de cómo el propio sistema te empuja a renunciar a principios que deberían ser inquebrantables.

Nos interesaba mucho generar un espacio de diálogo: poner a los personajes frente a frente, sin móviles, obligados a escucharse, a entender al otro aunque no compartan su postura. En el fondo, la película habla de volver a lo colectivo, de dejar atrás esa individualidad que el sistema fomenta.

P. ¿Es más justificable la corrupción por necesidad que por ambición?

Fer Pérez. Si te ciñes a la ética más académica, sí: la necesidad puede ser más justificable. Pero ahí aparece el problema, porque esa justificación puede abrir un agujero enorme. ¿Dónde está el límite? ¿Es lo mismo comer gratis tres días que un mes? ¿O un año?

El acto es el mismo: robar. Por eso nos interesaba explorar esa zona gris, esa elasticidad de las justificaciones, que es muy peligrosa. Más que dar una respuesta cerrada, queríamos observar cómo cada persona atraviesa ese dilema moral.

Jorge A. Lara. Siempre decíamos que, igual que todos podemos encontrar una razón para coger el dinero, también la tenemos para no hacerlo. Ahí está la clave: en la reflexión colectiva. Si cada uno va por su cuenta, es muy difícil frenar eso.

P. La película también sugiere cierta impunidad en la corrupción. ¿Es más fácil corromper al que está abajo que al poderoso?

Jorge A. Lara. Sí, indudablemente. El que está abajo tiene más necesidades, es más vulnerable. Si no tienes cubierto lo básico, es mucho más fácil que te corrompan. Al poderoso no le vas a tentar igual con ciertas cantidades porque no las necesita.

Fer Pérez. Y además hay una especie de anestesia social. Es como una gota constante que hace que dejemos de reaccionar. Hay mucha permisividad con la corrupción y eso tiene que ver también con los referentes.

Si ves comportamientos corruptos en tu entorno o en quienes están arriba, se genera una especie de legitimidad: “si ellos lo hacen, ¿por qué yo no?”. Eso crea una dinámica muy peligrosa, casi de ley de la selva.

P. Venís del guion. ¿Qué os lleva a dar el salto a la dirección?

Jorge A. Lara. Llevamos muchos años escribiendo, tanto en televisión como en cine, y en muchos proyectos ya habíamos estado presentes en rodajes, montaje… Vas participando en distintas fases y te das cuenta de que te interesa todo eso.

Al final, cuando un guionista escribe, ya está imaginando la película: la localización, el movimiento de los personajes, el tono de los diálogos. Es inevitable. Y como Fer y yo siempre hemos trabajado muy bien juntos, sentimos que era un paso natural intentar dirigir lo que escribíamos.

Nos hemos preparado, hemos reflexionado mucho sobre qué queríamos hacer y qué no, pero sí, es complicarse la vida… aunque para nosotros tenía todo el sentido.

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